El anarcocapitalismo de Miguel Anxo Bastos/ JOSÉ AUGUSTO DOMÍNGUEZ

En la Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana, que tuvo lugar en Lanzarote el pasado mes de julio, el profesor Miguel Anxo Bastos debatió con Juan Ramón Rallo acerca del anarcocapitalismo. Su postura fue criticada hace unos días por Francisco Capella en estas mismas páginas. En las siguientes líneas se podrán ver las principales ideas que el paleoconservador galaico defendió.

Las críticas al anarcocapitalismo se presentan frecuentemente en términos muy hegelianos, en el sentido de que solo lo racional es real, únicamente lo que existe puede ser y no pueden existir otras cosas. Pero sí hay una respuesta académica a cada una de las intervenciones del Estado. Críticas a la defensa, a la justicia… ¿Una por una son válidas pero si las juntamos dejan de valer? Schumpeter ya lo estableció en «La crisis del Estado fiscal»: no hay ningún servicio que no haya sido prestado de manera privada alguna vez en la historia. Es más, hubo Estados y sociedades anárquicas. Se podrá decir: “esto no me gusta”, pero no se trata de un argumento de imposibilidad. Una tribu autónoma no es que no pueda existir, es que el Estado no le permite su existencia. Es más, el Estado está legitimado para usar la violencia contra ella aunque sus miembros simplemente se dediquen a llevar a cabo su plan de vida sin agredir a nadie.

Sí existe la anarquía. Hay dos tipos: la primera es la anarquía internacional, estudiada por Hedley Bull en La sociedad anárquica. En anarquía las sociedades son capaces de llegar a acuerdos (uniones postales, competiciones de clubes de fútbol, acuerdos de extradición, etc.). A veces en la historia se dan situaciones en las que hay un hegemón y en otras tienen lugar modelos del tipo de Westfalia, con pluralidad de Estados sin preponderancia de unos sobre otros. El hegemón, eso sí, no llega a ser monopolista, sino que es un actor más fuerte que los demás, aunque la mayoría de actores juntos es más fuerte que él. Y siempre hay Estados (actualmente es el caso de Rusia o de China) que no se someten al hegemón, pero aun así se produce una convivencia.

La segunda anarquía se refiere a cómo se organizan quienes organizan la sociedad, es decir, cómo se ordena la clase dirigente. Esta cuestión se la plantea Locke y llega a la conclusión de que la clase política está organizada de manera anárquica. ¿Y cómo convive? Por convenciones, regulaciones internas, costumbres (el hijo mayor hereda, herencia de sangre…). No hay Estado dentro del Estado. Esto se ve muy bien en la clase política actual (Zapatero fue echado abajo por la camarilla política del momento, a pesar de que era el secretario general de su partido, el presidente electo…). No hay nadie por encima de esa camarilla dirigente, sino que ella misma se autoorganiza. Los primeros grupos de bandidos que constituyeron los primeros Estados funcionaban por convenciones o tradiciones, no había un orden externo que los dirigiese. Se trataba de una anarquía ordenada.

En definitiva, la anarquía es posible. Otra cosa es que sea deseable o no. Pero la anarquía no es prueba de desorden ni de conflicto.

Hay que explicar lo que el Estado es: un grupo existente y real de personas, como Montoro, Maduro, Kim Jong-un… ¿Son estas personas las que deben dilucidar cuestiones clave como qué es agresión y qué no lo es? ¿Son mejores, tienen más capacidad, que sus súbditos? No lo parece. Si convenimos que cada una de esas personas por separado es mala, ¿por qué insertas en el entramado estatal adquieren un estatus de respetabilidad?

La superioridad del Estado radica en las ideas, en la creencia ideológica de las sociedades sobre las que se asienta. No hay Estado moderno que no obligue a todos los niños a estudiar un mismo programa de educación de legitimación estatal (historia del Estado, geografía del Estado, ética del Estado, lengua del Estado, economía del Estado, ciencias políticas del Estado, medicina para ser médico del Estado… y siempre la matemática como engrasadora de toda la maquinaria). Si tanta superioridad tiene el Estado, ¿por qué obligar a todos a estudiar lo mismo?

No existe el contrato social. No es un contrato ni puede serlo. Si una compañía, apelando a que se trata de un contrato implícito, nos cobrara 40 euros mensuales por un servicio que no hemos consentido, montaríamos en cólera. Pero, en cambio, vemos con buenos ojos que el Estado nos quite la mitad de nuestras rentas, nos obligue a ceder parte de nuestra libertad… Además ¿quién resuelve, en caso de conflicto, sobre ese contrato? ¿Qué tercero imparcial hay? Resulta que en el estado de naturaleza, previo al Estado, la gente es salvaje… ¿pero sí dispone de la capacidad de firmar un contrato tan crucial?

Que la población consienta todo esto se debe a que el Estado ha conseguido que cale la idea de que su existencia resulta inevitable. Es el mismo debate que el que planteaba un ateo en la Edad Media si decía que Dios no existía. Era tachado de loco. Ahora el loco es el que desafía la legitimidad estatal.

Se nos pinta un escenario sin Estado como un mundo salvaje, un apocalipsis a lo Mad Max. Pero quien mantiene la paz es la gente, no el Estado (prueba de ello es que el Estado ni siquiera es capaz de mantener el orden en sus propias cárceles, lugares estatales por antonomasia). La gente que viviría en una sociedad anárquica es la que ahora ha logrado alcanzar unas altísimas cotas de convivencia. Es difícil una reversión hacia la época de las hordas, a tiempos anteriores caracterizados por la violencia, porque disponemos de un conocimiento acumulado (las virtudes del libre comercio como hacedor de paz y orden) que frenaría ese retroceso social. En nuestra sociedad no nos da por ir violando a las mujeres. Y eso es algo que debemos a una serie de valores que hemos interiorizado. No al Estado. Y son esos valores los que permitirían la convivencia en una sociedad anárquica.

¿Los Estados causaron más muertos o menos que la violencia privada? Rudolph J. Rummel demostró que solo en el s. XX el Estado mató a 267 millones de personas, frente a los 13 millones de muertes causados por la violencia privada. Steven Pinker, en ese sentido, no tiene razón cuando asegura que donde hay más Estado hay más paz, pues es una tesis que no puede demostrar. Sí es más plausible la idea de que es el comercio el que ha traído la paz.

La defensa no es un bien público, sino que se trata de un bien absolutamente subjetivo (unos quieren, por ejemplo, bombardear al Estado Islámico y otros prefieren rendirse ante él). La defensa es un bien geográfico: quien se halla cerca de la primera línea del frente está más desprotegido que quien se encuentra más alejado, con lo que no todas las personas valen lo mismo. Y una unidad marginal cuesta mucho (la isla de Perejil). Es un bien que unas personas desean y otras no, unos valoran mucho el riesgo y otros no. ¿Cuál es la cantidad correcta? No se puede saber. La define el gobernante de acuerdo a sus intereses y al de los grupos de presión.

La sociedad anárquica sería muy difícil de conquistar. En «Anarchism and Minarchism: A Rapprochement», Tibor R. Machan estudia la anarquía (la microarquía, para ser más exactos, esto es, el Estado como definidor de las leyes, pero no como ejecutor) polaca en el s. XVII. Los suecos invadieron Polonia pero no se encontraron a nadie: vagaban por el país porque no había a quien conquistar, no existía una cabeza gobernante que cortar. Y, mientras, la población civil, mediante una guerra de guerrillas, hostigaba sin cesar al ejército sueco. Vietnam, con un poder de fuego muy inferior, acabó provocando la salida de EEUU del patrón oro dado que le obligó a incurrir en enormes costes para sufragar la guerra. Una guerra que a EEUU finalmente no le compensó, lo que provocó su retirada. Y es que se puede derrotar a un ejército, pero no a toda la población. Una sociedad armada como la suiza, por ejemplo, es el pueblo en armas. Para aniquilarla habría que acabar con cada uno de sus miembros, casa por casa, y eso es muy complicado.

William H. McNeill constató en La búsqueda del poder que los Estados, la organización política, tienen mucho que ver con las formas de las armas: si las armas son pesadas y concentradas, el Estado sí que tiene fuerza. Pero en la actualidad están apareciendo armas ligeras, los escenarios de batallas que se plantean son enjambres de drones que aparecen por todos lados, nos encontramos con minas modernas indestructibles que pueden paralizar y bloquear a un ejército estatal, etc.

Martin van Creveld en The Transformation of War y en The Rise and Decline of the State afirma que el Estado nación tal y como lo conocemos desaparecerá porque no será capaz de afrontar las guerras modernas, las nuevas formas de violencia. El Estado está pensado para atacar a otros Estados, no para hacer frente a terroristas. ¿De qué sirven los tanques y los portaaviones ante un terrorista con un camión atropellando a una muchedumbre? Bastan 12.500 dólares (ese fue el coste de los atentados de Bataclan) para desestabilizar un país, para crear una terrible inseguridad entre la población. Los Estados no están modulados para este tipo de amenazas (esto se ve también con la piratería, con la que no se acabó hasta que los barcos pesqueros contrataron a mercenarios que adaptaron la defensa a las necesidades reales; en cambio, cuando los encargados de velar por la seguridad eran los F-16 solo se lograba bombardear alguna ciudad y causar víctimas inocentes, y mientras los piratas campaban a sus anchas). No tendría sentido que una sociedad anárquica fuera atacada por terroristas porque ¿quién se sentiría aludido? Por el contrario, si el Estado Islámico asesina a unos centenares de franceses es el Estado francés el que se siente atacado. Además ¿dónde se podría cobijar un terrorista en un escenario de barrios privados? No olvidemos que muchas de las urbes estatales son ciudades ferales que el propio Estado es incapaz de controlar.

Si se quiere ver cómo nace un Estado no hay más que fijarse en el propio Estado Islámico: violencia extrema al principio para aterrorizar a la población y lograr que acate al nuevo amo. Poco a poco, si se va consolidando, se empezará a hablar de un Estado Islámico moderado, al igual que ocurrió con los talibanes en Afganistán. Y el resto de los Estados le darán carta de naturaleza.

Robert Nozick no atina en Anarquía, estado y utopía cuando se refiere a que las agencias privadas se convertirían en un monopolio. ¿Qué monopolio? ¿Cuál es la escala correcta? ¡Claro que la agencia sería monopolística en cada territorio!, pero ¿cuál es el territorio? Es un concepto subjetivo. Un territorio puede ser un pequeño feudo. ¿Qué problema hay en que haya ahí un monopolista de la violencia?

Michael Huemer dice que el futuro de la anarquía vendrá de Estados hiperdesarrollados: un escenario de ultracivilización, no de violencia extrema. Y es que, como ya se ha señalado, tenemos conocimiento del pasado, de la época de las cavernas, y también de la paz que ha traído el comercio. No sería fácil volver a situaciones violentas. Antes éramos violentos, con y sin Estado; y ahora somos pacíficos, con y sin Estado, porque interiorizamos las virtudes del libre comercio, asumimos la dulcificación de las relaciones de los intercambios voluntarios… Y es que las guerras actuales no se producen entre Estados, sino dentro del Estado. No parece, por tanto, que el Estado sea una organización pacificadora.

El Estado basado en la seguridad puede justificarlo todo: política de gasto social que asegure la estabilidad social para que así no haya guerra de clases, seguridad alimentaria (regulación de la agricultura), etc. ¿Dónde se pone el límite a la seguridad? La defensa no es solo contra otros hombres, sino que también debería tener en cuenta el peligro de los animales (peste negra, plagas, parásitos…). El enemigo histórico del ser humano ha sido el “bicherío”, que ha causado más muertes que todas las guerras juntas. Con las inclemencias meteorológicas ocurre lo mismo. ¿A qué se restringe, por tanto, la defensa?

¿Por qué no nos dejan vivir sin Estado? ¿Por qué quienes desean el Estado no se limiten a organizarlo para ellos sin encerrarnos por la fuerza a todos en él? Algunos liberales responden que el Estado invadiría a esa sociedad anárquica. Pero habría que ver si le interesaría incurrir en tales costes (no solo económicos, sino también de imagen: ¿por qué Francia no invade Mónaco?). En cualquier caso, de darse esa situación, se corroboraría que el Estado está en manos de lo peor de la sociedad, de los más agresivos y violentos.

Tengamos siempre presente, en definitiva, que la fuerza del Estado reside en que la gente cree en él. El Estado se disolverá como un azucarillo cuando pierda a sus creyentes. 

Artículo original aquí: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/el-anarcocapitalismo-de-miguel-anxo-bastos

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