TEORÍA E HISTORIA. De Ludwig von Mises/ Gabriel Zanotti 

TEORÍA E HISTORIA. De Ludwig von Mises.
  

Nota introductoria, Por Gabriel J. Zanotti.

Prólogo al libro Teoría e Historia, de L. von Mises.

1. Mises, autor problemático.

Tengo por Mises una profunda admiración personal e intelectual. Siempre me ha conmovido la imagen de este hombre, ya casi en sus sesenta años, llegando, exiliado de su Europa natal, a un medio cultural entre hostil e indiferente, sin otro medio que su fortaleza para seguir adelante un proyecto intelectual sin el cual la Escuela Austriaca, como tal, hubiera desaparecido. Y siempre he pensado que el núcleo central de ese proyecto –a saber, una economía política sólidamente fundada en el análisis de la acción humana- es un programa de investigación teoréticamente progresivo, independientemente de esa vida ejemplar.

Sin embargo, no es este, evidentemente, el modo habitual de ver a L. von Mises. La mayor parte de las veces es simplemente ignorado. Y cuando no, dejando de lado casos de hostilidad manifiesta, Mises es un autor, al menos, problemático. Esto es, Mises rompe esquemas, problematiza mundos de vida académicos sólidamente instalados en sus propios paradigmas. Pero no podía ser de otro modo. Porque no se trata solamente de su defensa de la economía de mercado frente a un medio académico intervencionista. No es simplemente eso. Hubo factores adicionales al destino solitario de este ilustre pensador, formado en el ambiente neokantiano de fines del s. XIX, que quedó relativamente aislado de otras preocupaciones que prevalecieron en la vida académica y filosófica del s. XX.

Adrede he dicho “…y filosófica”. Porque, efectivamente, suficientes problemas hubiera tenido Mises –y los tuvo- con ser sólo “economista austríaco”. Frente al historicismo alemán, siguió el proyecto de Menger de una economía universal, válida para todo lugar y tiempo. Frente a una sociología “constructivista” se manifiesta partidario de la emergencia espontánea de las instituciones sociales, explicada para él también por Menger para el caso del dinero. Frente a la teoría de la explotación y la plus-valía marxista, se muestra de acuerdo con Bohn-Bawerk en la refutación de la misma. Coherentemente, unifica la teoría de la utilidad marginal para todos los procesos de intercambio y, frente al control estatal de la moneda, afirma el libre mercado en materia monetaria. Frente la optimismo socialista de su tiempo –esto es, ppios. del s. XX- afirma decididamente la imposibilidad teorética del cálculo económico en ausencia de propiedad privada de los medios de producción. Frente a los autoritarismos, corporativismos, militarismos y nacionalismos que amenazaban a la Europa de su tiempo, defiende con toda claridad el proyecto de un liberalismo político “claro y distinto”, el libre movimiento de capitales y de personas y un verdadero mercado libre internacional que poco y nada tenía que ver con la incipiente Sociedad de las Naciones. Frente a las políticas keynesianas, sostiene firmemente las consecuencias prácticas de la teoría austríaca del ciclo económico –siendo él mismo uno de sus principales autores- y se opone consiguientemente a la manipulación monetaria y crediticia por parte del estado, declarándose partidario de la libertad monetaria aún cuando después de la Segunda Guerra todo se encamina hacia lo contrario.

Pero no era sólo esto. “Sólo”, como si fuera poco. Lo que queremos decir es que no era cuestión, solamente, de este pensamiento dilemático, suficientemente conflictivo frente a lo habitual, que lo situaba decididamente como paradigma alternativo frente a paradigmas dominantes tanto en la teoría como en la práctica de la economía. Además, Mises tenía detrás de todo ello una serie de concepciones filosóficas y epistemológicas que complicaban aún más el panorama.

La filosofía tiene autores tan importantes que establecen ellos mismos un antes y un después. Hay un antes y después de Aristóteles, hay un antes y después de Descartes y, después de Kant, el mundo filosófico es post-kantiano, aún para aquellos –y precisamente por eso- que tienen que explicar por qué no son kantianos.

Para Kant la metafísica no es ciencia –gran afirmación después de Descartes y Leibniz- pero la física y la matemática, si. Ellas han seguido el seguro camino de las ciencias. ¿Y lo que hoy llamamos ciencias sociales? Yo diría que, en Kant, ellas siguen el seguro camino del imperativo categórico, un revolucionario modo, en su tiempo, de fundar una ética absoluta sin metafísica. Así Kant puede emprender una cruzada intelectual a favor de una Europa racional, con derechos del hombre y del ciudadano fundados en una moral secular y absoluta y bajo el manto de una paz perpetua.

Por ende, el proyecto kantiano no implicaba que lo social cayera en las aguas de ningún relativismo. Tampoco las ciencias naturales, pues ellas suponían juicios sintéticos, sí, donde la experiencia entraba, pero sólidamente ordenados por las categorías a priori del entendimiento.

Pero para cierta filosofía de las ciencias naturales de fines del s. XIX y principios del s. XX, eso ya no podía seguir siendo así. Nos referimos al positivismo, que retoma el “enojo” de Hume contra la metafísica. Las ciencias son, ya formales (lógica, matemáticas) ya fácticas, en cuyo caso son inductivas. Las ciencias fácticas nos informan “sobre el mundo”, en cuyo caso tienen que ser a posteriori de la experimentación. No hay inconveniente en que las hipótesis sean previas a la experimentación, pero tienen que ser verificadas, con cierta probabilidad, por los “datos”. Todo lo demás “carecía de sentido”, y, sobre todo, toda metafísica que quisiera ponerse “entre” lo formal y lo fáctico. Si las ciencias quieren afirmar algo “sobre el mundo”, entonces deben seguir los cánones del método hipotético-deductivo, concebido según métodos inductivos. Pretender que una ciencia diga algo sobre el mundo y que, al mismo tiempo, sea formal y deductiva como la matemática, es un sin sentido, un desvarío metafísico.

Por supuesto, esta versión del positivismo y del neopositivismo es una simplificación y habría que estudiar con cuidado la tesis de M. Friedman que defiende a dicho movimiento contra esta visión habitual. Pero el caso es que esta visión de las ciencias explica muy bien ese complejo de inferioridad que, en términos de Machlup, tienen hasta hoy las ciencias sociales que “corren detrás” de las ciencias naturales desplegando una artillería sin fin de números, gráficos y estadísticas como auto-justificación de su existencia. Y esto explica, también, esa “mancha” de la vida académica norteamericana que tanto molestó a Rothbard. Porque Mises no fue el único que tuvo que huir de la barbarie nazi. Gran parte de los mejores exponentes del movimiento neopositivista –entre ellos, R. Carnap- emigraron también a los EEUU, donde formaron una nueva generación de filosofía, una filosofía analítica donde esa tradición en la que se había formado Mises –el neokantismo alemán de fines del s. XIX, M. Weber entre ellos- no era filosofía, sino, como mucho, historia de la filosofía. El Mises de la post-guerra –el más conocido en general por quienes lo conocen, porque después vamos a decir algo sobre los “lost-papers”- “cae” en un ambiente no sólo keynesiano, intervencionista, socialdemócrata, sino, además, filosóficamente afín a un modo neopositivista de plantear las ciencias naturales y sociales, que influye notablemente en el desarrollo posterior de la epistemología de la economía en los EEUU, que explicaría la reacción de McCloskey. Mises no podría haber estado más solo.

Prólogo al libro Teoría e Historia, de L. von Mises. Gabriel J. Zanotti

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https://mises.org/library/theory-and-history-interpretation-social-and-economic-evolution

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