MÁS SOBRE LA ESCUELA AUSTRÍACA DE ECONOMÍA V: TRABAJO Y SALARIOS/ Gabriel Zanotti 

10) La acción sindical, el derecho de huelga y las leyes obreras

El sindicalismo tiene como condición necesaria para su existencia el derecho a la libre asociación. Nadie puede estar en contra de la existencia de los sindicatos sin lesionar ese derecho.

Sin embargo, detrás de cierta acción sindical, que recurre a la coacción y a sistemas corporativistas de estado, hay una aceptación tácita de la teoría de la explotación marxista y la doctrina de la oposición de intereses entre los grupos sociales. Se razonaba de la siguiente manera: el capitalismo conduce al progresivo empobrecimiento de la masa trabajadora. Los intereses de empresarios y obreros son opuestos. Luego, estos últimos deben asociarse para defender sus intereses, presionando sobre las empresas con huelgas para obtener salarios más altos. Al mismo tiempo debía presionarse en los medios políticos para obtener leyes laborales que aumentaran el nivel de vida de los obreros. Luego, ya en esta época, el nivel de vida alcanzado por los obreros es fruto de la acción sindical, que impidió al capitalismo la explotación de los trabajadores.

Obviamente, a lo largo de los nueve puntos anteriores hemos visto que no es así. Hemos visto que la elevación de la cuantía de los salarios, así también como la reducción de la jornada laboral, son efectos directos de la elevación de la cuantía de capital. Creo que todo esto ya quedó bien aclarado en el punto 5.

Pero es interesante entrar más en detalle sobre el modo de actuar de los sindicatos. Como todos sabemos, su arma principal es la huelga. Ahora bien: ¿qué es, al final de cuentas, eso que llamamos “derecho de huelga”?

La expresión puede tener dos acepciones. Una puede significar, simplemente, el derecho de propiedad que los dueños del factor trabajo tienen sobre el mismo, pudiéndolo ofrecer o retirar del mercado cuando le plazca. Es decir, el derecho a no trabajar. Si por tal cosa se entiende “derecho de huelga” vemos que es un derecho absolutamente obvio en una economía de mercado. No es más que parte del ejercicio del derecho de propiedad.

El problema se presenta con la segunda acepción, que es la comúnmente aceptada, que merece un detenido análisis.

Imaginemos a un grupo de vendedores ambulantes que trabajan en una determinada cuadra X. Estos vendedores, para impedir la competencia de otros vendedores, se asocian, imponiendo a sus clientes un determinado precio, e impidiendo, por medio de la violencia, el acceso a otros vendedores a la cuadra X, mediante piquetes o cosas por el estilo.

Como vemos, el caso que presentamos se trata de un monopolio ilícito y delictivo, pues necesita de la violencia para subsistir, impidiendo, sin ningún derecho, el ejercicio del derecho a trabajar libremente.

Pues bien: por si no se ha notado la similitud, los sindicatos actúan de la misma manera; la diferencia es que nadie lo impide, porque es políticamente incorrecto siquiera decirlo. Los sindicatos exigen un salario más alto a determinada empresa. Para ello, impiden mediante la violencia que esa empresa contrate a otros obreros por un salario más bajo. Ahora bien: de ese modo –además de violarse ilegalmente la libertad de trabajo– no se consigue –como se cree– ningún beneficio para el obrero porque, como hemos probado, el salario mínimo que así queda fijado determina la desocupación de un determinado sector de la oferta laboral.

En países como los EE.UU., el observador nota que en los sectores donde hay sindicatos los salarios son altos, mientras que en zonas en las que no los hay los salarios son bajos. Este hecho, que parecería ser la prueba experimental de la “bondad” de los sindicatos, es en realidad la prueba más evidente de sus perjuicios. Porque precisamente, en las zonas donde hay sindicatos éstos han obtenido, por medio de la coerción, un salario más alto, provocando con ello la consecuente desocupación. Y esa masa de obreros desocupados se vuelcan, pues, a las zonas donde no hay sindicatos (que por medio de piquetes impedirían su entrada a las fábricas) determinando así un aumento de la oferta de trabajo en esas zonas, con la consiguiente baja en los salarios. Como vemos, se ha quitado a unos para dar a otros, por medio de la violencia. Como en un robo. ¿Dónde han quedado los slogans que bregaban por una “más justa distribución del ingreso”?

Como podrá observar el lector, nuestra oposición a este tipo de acción sindical surge no sólo por la violencia (socialmente aceptada) que implica, sino también por el perjuicio que significa al nivel de vida de los obreros. Sólo eso puede ser el efecto de la fijación coactiva de salarios y el desaliento a la formación del capital. 

Debe pues impedirse la afiliación obligatoria y el uso de piquetes en las fábricas, o sólo un sindicato por actividad, o afiliación obligatoria a la obra social, etc. La asociación debe ser libre y democrática y debe haber agresiones a la libertad de trabajo.

En definitiva: el aumento del salario, la reducción de la jornada laboral, el que los niños dejaran de trabajar, etc. –por supuesto estoy hablando de las zonas desarrolladas y capitalizadas de occidente– son todos frutos del capitalismo liberal. Dicho sistema ha probado ser el medio mas eficaz en la lucha contra la pobreza y la miseria generalizada, como lo hemos demostrado a lo largo de este capítulo.

Por Gabriel Zanotti 

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