Turbas despóticas. La fatalidad democrática/ Erick Yonatan Flores Serrano

“La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes”. José Martí  
José Martí, un buen liberal clásico, comprendía muy bien en qué consistía la libertad y los maravillosos resultados que de ella derivan. En la frase sólo habría que señalar que la independencia de los individuos no necesariamente conduce a la libertad pero es la condición básica para poder alcanzarla. Sin la libertad, la felicidad sería una utopía inalcanzable, sólo con ella tenemos la oportunidad de buscarla y, en el mejor de los casos, alcanzarla. Uno de los serios problemas para la libertad, está en el incorrecto entendimiento de la democracia que tenemos en casi todo el mundo. A continuación, presento una alternativa a la tiranía de las mayorías que tanto preocupaba al brillante Alexis de Tocqueville.

Cuando Alexis de Tocqueville escribió su magna obra: “La democracia en América”, lo hizo observando con sumo cuidado la sociedad estadounidense. Una sociedad que, a partir de su declaración de independencia en Julio de 1776, no ha dejado de ser un ejemplo notorio del éxito que siempre acompaña a la libertad. Claro, aquí debemos hacer un pequeño paréntesis sobre los Estados Unidos y decir que, de a poco, ha ido traicionando los ideales de sus padres fundadores hasta convertirse, hoy en día, en un país altamente burocratizado y con severos cuadros de estatitis (entiéndase, la enfermedad mental que se manifiesta en una insana necesidad de control estatal en cada aspecto de la vida humana). En este maravilloso trabajo, Tocqueville trata de explicar cuáles son las condiciones que hacen que la democracia, tal cual lo dice en el texto, pueda ser “el mejor sistema político y, a la vez, el peor sistema político”. Y es en esta corta frase en donde se encuentra el capital central de este artículo.

Lo que Alexis de Tocqueville trataba de decirnos, en mi humilde opinión, es que la democracia, per se, no resuelve absolutamente nada; es más, al parir a las mayorías despóticas, era un sistema totalmente disfuncional y contrario a la vida en sociedad. Pese a contar varios elementos culturales que tienen gravitación en el exitoso caso estadounidense, lo importante es notar que, al momento de su independencia, Estados Unidos nace como una república constitucional, no como una democracia. Si bien es cierto, una república constitucional alberga a la democracia como el mecanismo de representación por excelencia, no es lo mismo. Cuando la democracia se convierte en un dogma de fe -y esto es lo que ocurre en nuestro caso-, todos los valores de la sociedad se van por el drenaje. Se extiende la peligrosa idea de que las mayorías pueden tomar decisiones en forma arbitraria y, pese a lo intentos por tratar de proteger los derechos de las minorías, tarde o temprano, las turbas despóticas terminan pisoteando todo lo que encuentran en el camino. Y lo peor de todo es que la democracia, tal y como la concebimos en la región, termina siendo un sistema del que se benefician los políticos. Porque son ellos los que terminan capitalizando la emoción de las mayorías y consiguen, con un poco de retórica, conseguir alguna cuota de poder que les soluciona la vida, entre tanto, la sociedad sigue en las mismas condiciones.

Así como existimos nosotros, una región que, pese a los desastres a los que nos ha conducido nuestra democracia, no termina de aprender; existen casos de éxito que deberíamos ir pensando en replicar por aquí.

El principado de Liechtenstein es un minúsculo país ubicando entre Suiza y Austria, sólo cuenta con 160 kilómetros de superficie, con poco más de 36 mil habitantes, de idioma alemán y con el franco suizo como moneda oficial. Liechtenstein cuenta con uno de los PIB más altos del mundo y es una zona donde cualquier persona quisiera vivir. Más allá del tremendo éxito económico que tiene, la razón de citar a este país es por su innegable marco político. La forma de gobierno que está establecida es la monarquía constitucional y se practica la democracia casi directa, cabe recalcar que se trata de una monarquía que otorga muchas concesiones a sus habitantes, es por ello que, en el referéndum del 2003, más del 60% de la población aprobó su constitución, lo que demuestra que el problema no está implícito en las formas de gobierno sino en los mecanismos que existen dentro de ellas. Más allá del tremendo éxito que tiene su sistema económico, lo más importante de Liechtenstein es que ha garantizado el derecho de secesión para todos sus ayuntamientos. Es la secesión la que permite que este diminuto país sea un modelo a seguir en toda la extensión de la palabra.

¿Qué es el derecho de secesión? La secesión, derivada del latín “secessio”, es la capacidad que tiene una persona de separarse de una organización o grupo. El derecho de secesión del principado de Liechtenstein es la herramienta perfecta que permite a sus ayuntamientos la posibilidad de excluirse de las decisiones que pueda tomar el parlamento. En otras palabras, la secesión es último refugio que tienen las personas para salvaguardar sus vidas y libertades, de la amenaza de las mayorías. Si bien es cierto, la secesión en Liechtenstein no es a la mínima escala (el individuo), la organización política de sus ayuntamientos, al ser pequeños y administrar territorios reducidos con poca población, son absolutamente funcionales cuando se trata de la representación; de esta forma, la administración política resulta ser mucho más eficiente. De esta idea de secesión nace la idea de la existencia de muchos micro-Estados que puedan encontrar funcionalidad dentro de Estados más grandes. Cada ayuntamiento goza de plena autodeterminación para tomar sus propias decisiones sobre su población, decisiones que, al tratarse de poblaciones y territorios reducidos, siempre son legítimas; y, de la misma manera en que están en la capacidad de ponerse de acuerdo para adoptar medidas que les permitan desarrollar sus vidas como mejor les plazca, ante una decisión parlamentaria que les represente un perjuicio, tienen absoluta libertad de secesionarse y evitar lo que ellos crean conveniente.

Dicho esto, resulta incontrovertible que, si es que debemos mirar algún caso que nos permita hacerle frente a las turbas despóticas, ese es el principado de Liechtenstein. Un verdadero refugio de libertad frente a la fatalidad democrática.

Ahora bien, como he tocado el tema de la secesión sólo en forma superficial, aquí es importante que se entienda que los motivos que puedan llevar a un grupo de personas a secesionarse de determinadas decisiones pueden ser muchas. Por ejemplo, un grupo de personas puede secesionarse de un Estado porque no están de acuerdo con su política fiscal, pero seguir siendo parte de él en aspectos como la cultura, el lenguaje, etc., que en Liechtenstein hablen alemán y la unidad monetaria para los intercambios sea el franco suizo, es una muestra clara que la secesión no sólo resulta funcional para las personas -no para los políticos-, sino que es absolutamente necesario que vaya siendo parte de las agendas en nuestro continente. Claro, esto tiene que partir de los individuos, de la sociedad. Esperar que sean los oficiales del gobierno los que ofrezcan la alternativa de que la sociedad pueda ser independiente y goce de autodeterminación auténtica, es pedirle peras al olmo. Los políticos jamás aceptarían alguna opción que debilite el poder que ostentan.

Y para terminar, sólo quiero puntualizar que la secesión debe ser entendida como una garantía jurídica que permita a los individuos tomar decisiones y excluirse -de considerarlo necesario- de otras; en este sentido, el trasfondo de la secesión es la libertad. Señalo esto porque la secesión no tendría razón de ser si no se enmarca en un contexto de libertad plena para los individuos de una sociedad. Los catalanes en España, por ejemplo, desean secesionarse del Estado español, aquí no entraré en detalles porque resultaría irrelevante, lo único importante es no olvidar que el proceso secesionista, en este caso, está revestido de un fuerte pensamiento nacionalista, casi chauvinista. Esto es importante porque la tentativa nacionalista tiene marcados rasgos culturales del jacobinismo francés que, para entenderlo en términos sencillos, ninguna libertad individual defendía. En conclusión, es Liechtenstein y no Cataluña, el verdadero ejemplo a seguir si hablamos del derecho de secesión. Sólo la secesión puede garantizarnos una defensa real ante la integración forzosa. La idea de soberanía debe ser reformada, la soberanía individual es la que permite un gran margen para la vida en sociedad, la soberanía estatal, por el contrario, es la materialización del control político de una sociedad.

Si queremos vivir en una sociedad que pueda sentirse orgullosa de los valores que alberga, debemos dejar de obsesionarnos por la democracia y comenzar a preocuparnos más por vivir en libertad. El gran Ron Paul dijo: “Nuestros fundadores amaban la libertad, no la democracia”, y esta es la base moral de la que parte todo lo bueno que Estados Unidos representó después de su independencia. Esa es la diferencia entre una sociedad virtuosa y una sociedad viciosa. Sin la secesión, seguiremos padeciendo los flagelos que el autoritarismo democrático nos aplica sistemáticamente. Muchos se preguntarán si la sociedad está preparada para asumir tal responsabilidad, a todos ellos les pregunto: ¿qué importa si estamos preparados o no?, aquí lo que está en juego es la libertad, la condición que nos hace humanos, imagínense si no vale la pena. Dejemos de subestimar nuestra propia naturaleza y comencemos por creer un poco más en nosotros, bastante menos en los políticos y en la democracia. Yo prefiero un futuro incierto con la posibilidad de la virtud, a la seguridad de un destino final plagado de vicios, ¿y usted?

http://www.blogcyh.com/2016/03/turbas-despoticas.html?m=1

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