Constitución Cubana Libertaria/ José Ignacio Mora

“Viví dentro del monstro y conozco sus entrañas” 
“Yo he visto en la noche oscura llover sobre mi cabeza los rayos de lumbra pura de la divina belleza.”

“El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca” 

— José Martí

Es muy común escuchar, entre los que añoran a la Cuba de ayer, que la constitución del 1940 era un modelo de progreso y motivo de orgullo. Sin embargo, los que hemos llegado a estudiar y conocer los fundamentos de la empresa libre, y las palabras de Thomas Jefferson, vemos en la constitución del 1940 algo muy diferente: una plantilla basada en conceptos colectivistas y una semejanza al socialismo en el modelo de los paises de Europa bajo el llamado movimiento “progresista.”   

Los que critican a la Cuba de ayer, usan el término “capitalismo” para describir el sistema económico, y entonces proceden a criticar los problemas socio-económicos como algo causado por tal “capitalismo.”

Si entendemos por “capitalismo” la empresa libre, en la cual individuos pueden comerciar libremente, entonces lo que nos presenta esta Constitución del 1940 es algo muy diferente al tal “capitalismo.”

Sin, de lo contrario, decimos que el “capitalismo” es un sistema de cooperación entre gobierno y grandes empresas, ya eso es algo muy diferente a la empresa libre. Quizas, ¿podemos soñar en lo que es el capitalismo verdadero? O séa, un derecho fundamental de libertad económica, que en Cuba aún no ha florecido por completo.
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https://sites.google.com/site/constitucioncubanalibertaria/

Los principios libertarios nos llevan a un destino muy diferente. Este proyecto toma la constitución del 1940, artículo por artículo, y propone un texto alternativo libertario. El concepto libertario es muy sencillo, pero tambien profundo: Que el hombre es libre, y disfruta de la libertad, tal y cuanto, no le niege ese mismo derecho a otros individuos. Tambien, no hay crimen donde no hay víctima. ¿Porque existen tantos “crimenes” que sencillamente son maneras de oprimir al ser humano por parte del gobierno? El gobierno solo existe para garantizar el orden público y el derecho individual – pero nada mas. 

 El gobierno no esta ahí para definir la cultura, ni para redistribuir los bienes, ni para diseñar una sociedad utópica. La vida, la libertad, y la felicidad les pertenecen a cada individuo, no a ningún grupo, ni a ningún colectivo, ni a ningún estado.    

Como la constitución del 1940 le daba al gobierno poderes de intervención en cada parte de la vida cotidiana del ciudadano, esta también nos presenta una oportunidad para negarle al gobierno, punto por punto, todas estas maneras de controlar al hombre libre y soberano. Somos libres y soberanos cuando cada individuo asume so propia responsabilidad y destino. Somos esclavos cuando le entregamos nuestra libertad al estado en cambio por una seguridad garantizada. Este proyecto presenta un modelo alterno en el cual el ciudadano, y no el gobierno, es el soberano.

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¿Es el mercado realmente espontáneo? Iván Cachanosky

Iván Cachanosky contrasta las opiniones contrarias de Karl Polanyi y Friedrich Hayek acerca del origen del mercado. ¿Surgió gracias a la intervención del Estado como sugiere Polanyi o fue un desarrollo espontáneo como lo plantea Hayek?


¿Es el mercado realmente espontáneo?

Iván Cachanosky contrasta las opiniones contrarias de Karl Polanyi y Friedrich Hayek acerca del origen del mercado. ¿Surgió gracias a la intervención del Estado como sugiere Polanyi o fue un desarrollo espontáneo como lo plantea Hayek?

Por Iván Cachanosky

En la búsqueda de los orígenes del mercado pueden encontrarse opiniones contrarias en dos grandes posturas. Aquellos que creen que el mercado surgió espontáneamente frente a quienes opinan que el mercado fue una creación del Estado. Autores reconocidos abundan en ambos bandos. En el presente artículo se enfrentarán las opiniones de Karl Polanyi, científico social que sostiene que el mercado es una creación del ser humano y pone en tela de juicio sus orígenes. Por otro lado, Friedrich Hayek, Premio Nobel de economía en 1974, argumenta que el mercado surge espontáneamente. Además este autor destacará la importancia del rol de los precios para el funcionamiento del libre mercado y que la moneda también surgió como un proceso espontáneo.

Luego de analizar las posturas de ambos autores, se concluirá si el mercado fue realmente un proceso espontáneo, o si por el contrario una creación del Estado con ausencia de espontaneidad y presencia de planificación centralizada.

La postura de Karl Polanyi

Karl Polanyi escribe su libro más importante titulado La gran transformación en 1944 en donde dedica un capítulo a estudiar cuidadosamente la naturaleza y el origen del mercado. Es casualmente en ese mismo año, cuando Hayek escribe también su obra más influyente Camino de Servidumbre.

Polanyi sostiene que no es el mercado el que se adapta a las relaciones sociales de los ciudadanos sino a la inversa. En palabras del autor: “En vez de que la economía esté incrustada en las relaciones sociales, las relaciones sociales están incrustadas en el sistema económico”.

El argumento fuerte que destaca Polanyi, el cuál además se encuentra muy bien documentado históricamente, es en destacar que el verdadero punto de partida en los orígenes del mercado es el comercio de larga distancia, como resultado de la geografía de la locación de bienes, y de la “división de trabajo” dada por el territorio. Insiste Polanyi diciendo, que el punto de inicio se obtiene de los bienes en la distancia, dando como ejemplo la caza. Además, sostiene el autor que no era el intercambio libre, voluntario y pacífico lo que predominaba en ese entonces. Más bien, los pueblos se peleaban por bienes que se ubican en las afueras de sus tribus. Por lo tanto, en primer lugar, el autor sostiene que el mercado comenzó a generarse primero en la “larga distancia” para luego crearse el mercado local apoyándose en sucesos históricos demostrables. Segundo, no era la paz ni la libertad, sino más bien la guerra y la agresión lo que predominaba en aquellos tiempos.

De esta manera se llega a la conclusión, argumenta Polanyi, de que el comercio exterior, en sus orígenes, se encuentra en la naturaleza de la aventura, exploración, caza, piratería y guerra antes que en el trueque. No había mucho espacio para la paz, y si lo había, la génesis del acto tenía que ver con la reciprocidad. Para Polanyi, la transición a la etapa del pacífico trueque se observa más tarde, cuando los mercados comenzaron a predominar en la organización del comercio exterior.

Basándose en eventos históricos, Polanyi argumenta que sería hasta temerario afirmar que los mercados locales se hayan desarrollado a partir de actos individuales de trueque. Es por esto que Polanyi sostiene que el comercio interno en la Europa occidental fue creado por el intervencionismo del Estado. Para este autor, nada tiene que hacer la espontaneidad en la creación de los mercados.

La postura de Hayek

Desde la vereda opuesta, el enfoque es muy distinto. Autores como Friedrich Hayek sostienen lo contrario, que el mercado surgió como un orden espontáneo y no como una creación del Estado.

Hayek, destaca la importancia del conocimiento disperso, es decir, el autor sostiene que el conocimiento no se encuentra concentrado. De esta manera, la sociedad posee problemas de información para tomar sus decisiones y será el precio el que sirva de guía para la toma de decisiones. De allí la importancia de que el mismo no sea intervenido por el Estado. Teniendo en cuenta la historia de la moneda, se observa que el oro surgió espontáneamente. Así como la moneda surgió espontáneamente, también lo hizo el mercado, argumenta Hayek.

El problema que tendrá cualquier planificador, sostiene Hayek, es un problema de conocimiento. Con lo cual el conocimiento hay que descubrirlo y luego asignar recursos para intentar maximizar el beneficio. En síntesis, el mercado será un proceso de descubrimiento que se desarrolla espontáneamente.

Por su parte, Hayek no ignoraba los puntos que remarca y señala Polanyi. Más aún, Hayek escribe en su artículo “El atavismo de la justicia social” que en épocas antiguas, las tribus si eran capaces de planificar debido a que el conocimiento se encontraba más concentrado. Más bien Hayek utiliza su término “orden espontáneo” haciendo referencia a la dispersión del conocimiento y que surge como consecuencia de actos voluntarios. Es en este sentido que el autor sostiene que el mercado se creó espontáneamente.

¿Por qué Hayek tenía razón?

Polanyi brinda una crítica a la espontaneidad del mercado. Podrá ser cierto que el mercado empezó a larga distancia y que luego termino estableciéndose en el mercado local y regional. Históricamente, lo ha demostrado sin lugar a dudas. Sin embargo, ¿Qué haya sido primero en el orden de larga distancia y luego a nivel regional, quita realmente la espontaneidad? ¿O lo realmente importante es que espontáneamente se crearon los mercados, tanto interno como de larga distancia? Que la dirección haya sido de A hacia B o viceversa no cambia el hecho de que los mercados surgieron espontáneamente.

Polanyi no fue el único en ver agresión en los tiempos que él cita. David Hume también lo hizo notar, al igual que Ludwig von Mises. El segundo, es un autor pro libre mercado y del orden espontáneo. De hecho, el paso de la “guerra” a la “paz” surge porque espontáneamente tarde o temprano algunos individuos comenzaron a ver que era más conveniente comerciar que pelearse. Tanto Mises como Hayek y otros son conscientes de que existió un período de transición entre agresión y comercio, no es un punto que se niegue.

Sí es preciso destacar, que el orden espontáneo entendido en los términos hayekianos es en el sentido de que la información se encuentra dispersa, con lo cual nadie puede planificar la asignación de recursos y éstos nacen de intercambios voluntarios. Polanyi al citar los actos de agresión y piratería en los orígenes del mercado, en el fondo arremete contra el término de Hayek. Sin embargo, los autores liberales y austríacos que utilizan el término no ignoraban los actos de agresión de aquella época. Pero así es como se hacían las cosas en aquel entonces, teniendo en cuenta el contexto histórico no es de extrañar que los actos de agresión se encuentren presentes. Además, como ya se mencionó, Hayek resalta que en épocas prehistóricas las tribus eran tan pequeñas que era posible la planificación porque la información se encontraba concentrada. A medida que avanza la historia y las poblaciones crecen la información comienza a ser dispersa y es en ese sentido que Hayek utiliza el término orden espontáneo.

Más allá de que Hayek hable de intercambios voluntarios en el orden espontáneo, no es necesariamente un requisito que haya ausencia de agresión para que surja algo espontáneo. De hecho la transición de “guerra” a “paz” mencionado es eso. El orden espontáneo no es ni “satánico” ni “pacífico” en sí mismo, pero surge para favorecer a los actores involucrados intentando reducir la agresión.

No pareciera ser argumento suficiente para criticar la espontaneidad del libre mercado el hecho de que primero hayan surgido los mercados internacionales y luego los regionales, de hecho, tiene mucho sentido. Por último, en cuanto a los actos agresivos de la época, si se encontraron casos de normas informales que respetaban el derecho de propiedad. Normas informales que por el hecho de ser informal surgen espontáneamente. Harold Demsetz en su artículo “Hacia una teoría de los derechos de propiedad” relata también los actos de agresión que desarrollaban las tribus de aquel entonces, pero también explica cómo surgieron normas informales espontáneamente. Por ejemplo, algunas tribus delimitaban territorio con vinchas para marcar como de su “propiedad” un territorio. Sin embargo, si había un indio hambriento y cazaba un animal pero dejaba las pieles no lo condenaban. Las bandas de cazadores no poseían un concepto de propiedad sobre la tierra pero sí la respetaban. Más aún, Martín Krause, citando las investigaciones de Frans de Wall comenta que antes de la existencia del hombre ya existían normas informales entre los chimpancés. Si el chimpancé A compartía comida con el chimpancé B, entonces éste último luego lo hacía con el chimpancé A. Desde este punto de vista, las normas informales son anteriores al hombre y claramente espontáneas.

Polanyi, al negar la espontaneidad atribuye la creación del mercado al Estado, pero no todo es blanco o negro necesariamente. El mercado pudo surgir debido a que ya existían normas informales utilizadas por los agentes económicos, es un perfeccionamiento de dichas normas. El concluir que el mercado lo crea el Estado debido a que no es espontáneo es simplificar el debate.

Referencias

Benegas Lynch (h), Alberto. (2011): Fundamentos de análisis económico, 12ª ed. Buenos Aires: ISA Ediciones.

Demsetz, Harold. “Hacia una teoría de los derechos de propiedad”. American Economic Review. Mayo 1967.

Hayek, Friedrich. “El atavismo de la justicia social”. Estudios Públicos N° 36. 1989. 181-193.

Hayek, Friedrich. “El uso del conocimiento en la sociedad”. Estudios Públicos N°12. 1983. 157-169.

Hayek, Friedrich A. (Octubre 1990): “El significado de la competencia”. Libertas, No. 13, 263-280.

Krause, Martín. Economía, instituciones y políticas públicas. Buenos Aires: La Ley. 2011.

Polanyi, Karl. The Great Transformation. Boston: Bacon Press. 1944.

Rothbard, Murray. “Down with primitivism: A thorough critique of Polanyi”. Ludwig von Mises Institute. 1961.

von Mises, Ludwig. (1949). La acción humana. Tratado de economía. 7ª ed. Madrid: Unión Editorial.

Artículo original aquí: https://www.elcato.org/es-el-mercado-realmente-espontaneo

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SOMOS TODO, SOMOS TODOS by Hernán Jabes

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Capitalismo: Keynes vs. Hayek, ¿una pelea amañada? Ep.5.

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Los orígenes de la libertad, la propiedad y la justicia/ Friedrich A. Hayek

Nadie que valore la sociedad civilizada osará recusar la propiedad plural. La historia de una y otra están íntimamente ligadas. Henry Sumner Maine 

La propiedad…, por lo tanto, es intrínsecamente inseparable de la economía humana en su modalidad social. Carl Menger

El hombre está capacitado para disfrutar de las libertades civiles en la misma medida en que esté dispuesto a contener sus apetitos, sometiéndolos a algún condicionamiento moral; lo está en la medida en que su amor por la justicia prevalece sobre su rapacidad.

Edmund Burke

La libertad y el orden extenso

Establecido que, en definitiva, fueron la moral y la tradición —más que la inteligencia y la razón calculadora— las que permitieron al hombre superar su inicial estado de salvajismo, parece razonable también situar el punto de partida del proceso civilizador en las regiones costeras de Mediterráneo. Las posibilidades facilitadas por el comercio a larga distancia otorgaron ventaja relativa a aquellas comunidades que se avinieron a conceder a sus miembros la libertad de hacer uso de la información personal sobre aquellas otras en las que era el conocimiento disponible a nivel colectivo o, a lo sumo, el que se encontraba en poder de su gobernante de turno el que determinaba las actuaciones de todos. Fue, al parecer, en la región mediterránea donde por primera vez el ser humano se avino a respetar ciertos dominios privados cuya gestión se dejó a la responsabilidad del correspondiente propietario, lo que permitió establecer entre las diferentes comunidades una densa malla de relaciones comerciales. Surgió la misma al margen de los particulares criterios o veleidades de los jefes locales, al no resultar posible entonces controlar eficazmente el tráfico marítimo. Cabe recurrir a la autoridad de un respetado investigador (al que ciertamente no se puede tildar de proclive al mercado) que se ha expresado en los siguientes términos:

“El mundo greco-romano fue esencial y característicamente un mundo de propiedad privada, tratárase de unos pocos acres o del las inmensas posesiones de los emperadores y senadores romanos; era un mundo dedicado al comercio y a la manufactura privados” (Finley, 1973:29).

Tal orden, basado en la integración de muchos esfuerzos orientados al logro de una pluralidad de metas individuales, sólo devino posible sobre la base de eso que yo prefiero denominar propiedad plural, expresión acuñada por H. S. Maine y que considero más adecuada que la de “propiedad privada”. Si aquélla constituye la base de toda civilización desarrollada, correspondió en su día, al parecer, a la Grecia clásica el mérito de haber por vez primera advertido que es también intrínsecamente inseparable de la libertad individual. Los redactores de la Constitución de la antigua Creta “daban por sentado que la libertad es la más importante aportación que el Estado puede ofrecer; y precisamente por ello, y por ninguna otra razón, establecieron que las cosas perteneciesen indubitablemente a quienes las adquirieran. Por el contrario, en los regímenes en los que prevalece la esclavitud todo pertenece a los gobernantes” (Estrabón, 10, 4, 16).

Un importante aspecto de esa libertad —la posibilidad de que los individuos o subgrupos puedan dedicar sus esfuerzos a la consecución de una amplia variedad de fines, fijados en función de sus particulares conocimientos y habilidades— sólo resultó posible a partir del momento en que, aparte del plural control de los medios, pudo contarse también con otra práctica que ha sido siempre inseparable de la primera: la existencia de reconocidos mecanismos para su transmisión. Esa capacidad individual de decidir autónomamente acerca de cuál deba ser el empleo a dar determinados bienes —en función de los personales conocimientos y apetencias (o el de los del colectivo en el que el actor haya decidido libremente integrarse)— depende de que, de manera general, se acepte la existencia de ciertos dominios privados dentro de los cuales puedan los diferentes sujetos disponer las cosas a su gusto, así como de una también consensuada mecánica de transmisión a otros de tales derechos. Desde la Grecia clásica hasta nuestros días, la condición esencial a la existencia de los derechos dominicales, así como el correspondiente orden de libertad y pacífica convivencia, ha sido siempre idéntica: la existencia de un estado de derecho encarnado en una normativa de carácter general que a cualquiera permita determinar quiénes son los sujetos o entes a los que corresponde establecer lo que procede hacer con los bienes ubicados en el ámbito personal.

Respecto de ciertos bienes (por ejemplo las herramientas) debió surgir ya en fechas muy tempranas el concepto de propiedad privada. Este concepto pudo originar vínculos de unión tan fuertes que hasta hayan impedido por completo su transferencia, por lo que el utensilio en cuestión solía acompañar a su dueño hasta la tumba, cual testimonian los tholos o enterramientos de falsa bóveda del período micénico. Produciríase, en este caso, cierta identificación entre la figura del “creador” de la cosa y su “propietario legítimo”. Numerosas han sido las modalidades según las cuales ha evolucionado en el tiempo dicha idea fundamental —evolución muchas veces sin duda ligada con la leyenda, cual acontecería siglos después con la historia del rey Arturo y su espada Excalibur, relato según el cual la transferencia del arma tuvo lugar, no por aplicación de una ley establecida por los hombres, sino en virtud de una ley “superior” relacionada más bien con “los poderes”.

La extensión y refinamiento del derecho de propiedad tuvo lugar, como sugieren estos ejemplos, de manera gradual, no habiéndose alcanzado aún hoy sus estadios finales. El respeto a la propiedad no dispondría ciertamente de gran arraigo entre las bandas de cazadores y recolectores en cuyo seno cualquiera que descubriera una nueva fuente de alimentación o un más seguro refugio quedaba obligado a comunicar su hallazgo al resto de sus compañeros. Probablemente, los primeros artículos no fungibles personalmente elaborados quedarían ligados a sus creadores simplemente por el hecho de ser ellos los únicos capaces de utilizarlos. Nuevamente cabe recurrir al ejemplo del rey Arturo y su espada Excalibur, pues, aunque no fuera éste quien con sus manos la forjara, era ciertamente el único capaz de blandirla. La propiedad plural relativa a los bienes de carácter fungible debió aparecer más tarde, a medida que avanzara el proceso de debilitamiento del espíritu de solidaridad de grupo y fuera asumiendo el sujeto cada vez en mayor medida la responsabilidad de asegurar el sustento de determinados grupos de menor tamaño, tal como la unidad familiar. Fue probablemente la necesidad de disponer de una mínima unidad productiva viable lo que dio lugar a que la propiedad de la tierra pasara de colectiva a privada. 

Escasa utilidad tiene especular en torno a cuál pueda haber sido, de hecho, la secuencia de tales acontecimientos, puesto que ésta habrá sido dispar según se haya tratado de gentes nómadas o agrícolamente asentadas. Lo importante es advertir que el desarrollo de la propiedad plural ha sido en todo momento condición imprescindible para la aparición del comercio y, por lo tanto, para la formación de esos más amplios y coherentes esquemas de interrelación humana, así como de las señales que denominamos precios. El que fueran los individuos, las “familias” (en el sentido amplio del término), o los grupos formados voluntariamente quienes detentaran los derechos de propiedad tiene transcendencia menor que el hecho de que cada actor pudiera en todo momento identificar a quién correspondía determinar el uso a dar a sus bienes. A lo largo de los períodos históricos contemplados, produciríase también la aparición —especialmente en lo que al factor tierra se refiere— de la propiedad “vertical”, modalidad según la cual ésta quedaría distribuida entre diferentes propietarios, apareciendo, en consecuencia, las modernas figuras del terrateniente y el aparcero. Dicho tipo de propiedad podría alcanzar hoy modalidades verdaderamente insospechadas de no subsistir entre nosotros ciertas primitivas concepciones en relación con la propiedad.

Sería erróneo, sin embargo, concebir a la tribu como punto de partida de la evolución cultural, puesto que dicha modalidad de convivencia no es sino uno de los primeros frutos de la evolución. La aparición de esas “primeras” agrupaciones humanas de carácter coherente fue fruto de la asunción de determinadas prácticas comunitarias; uniríanse más tarde a aquéllas nuevos hombres y mujeres no necesariamente ligados por vínculos familiares, pero con relaciones similares (nos extenderemos más tarde en el comentario de estos últimos aspectos). De ahí que sea difícil fijar en qué concreto momento aparecería la tribu como elemento preservador de ese comportamiento tradicional, iniciándose con ello el proceso de evolución cultural. De algún modo, sin embargo, aunque de manera tentativa y seguramente no exenta de retrocesos, la cooperación fue afianzándose y sustituyó progresivamente la persecución de concretos fines comunes por la aceptación de normas abstractas independientes de toda finalidad específica.

El legado clásico de la civilización europea

También parecen haber sido los griegos, y entre ellos especialmente los influidos por la escuela filosófica de los estoicos —con su cosmopolita manera de ver las cosas— los primeros que fijaron las bases de ciertos esquemas morales que más tarde el pueblo romano difundiría por todo el imperio. Por experiencia sabemos de las profundas fricciones que el proceso de evolución civilizadora comporta. En la Grecia clásica, fueron fundamentalmente los espartanos quienes más se resistieron a la revolucionaria introducción de las prácticas comerciales. No sólo desaprobó aquel pueblo la propiedad privada, sino que no dudó incluso en elogiar el robo. Sus planteamientos han sido considerados hasta nuestros días paradigmáticos del salvaje que se rebela contra toda exigencia civilizadora (como ejemplo de planteamientos análogos en pleno siglo XVIII, puede reflexionarse sobre el personaje trazado por Boswell en su Life of Dr. Samuel Johnson, y sobre el contenido del ensayo de Friedrich Schiller Uber die Gesetzgebung des Lykurgos und Solon). Sin embargo, hasta en Aristóteles y Platón rezuman nostálgicos anhelos de resucitar el modelo de convivencia de la vieja Esparta, pretensión que aún hoy goza de cierta popularidad. Se trata del retorno a ese tipo de micro-orden en el que el comportamiento de todos queda sometido a la exhaustiva supervisión de alguna omnisciente autoridad.

Es indudable que, durante algún tiempo, las grandes comunidades comerciales surgidas a lo largo del Mediterráneo fueron precariamente protegidas de la rapiña ajena por la poderosa organización militar romana, en virtud de la cual, como nos recuerda Cicerón, esta última civilización logró dominar en toda la zona, tras someter a las más evolucionadas comunidades mercantiles tales como Corinto y Cartago, las cuales, en opinión del citado autor, sacrificaron su poderío militar a la mercandi et navigandi cupiditas (De re publica, 2, 7-10). Ello no obstante, durante los últimos años de la república y los primeros siglos de la era imperial, en los que gobernaron cuerpos senatoriales dominados por gentes íntimamente relacionadas con intereses de tipo comercial, Roma ofreció al mundo lo que ha llegado a ser un modelo de derecho civil basado en lo que puede considerarse la más desarrollada elaboración de la propiedad plural. La decadencia y colapso final de este primer orden histórico extenso sólo fue produciéndose a medida que las decisiones de la administración central romana fueron desplazando a la libre iniciativa. Históricamente, tal secuencia de acontecimientos se ha repetido hasta la saciedad: producido un avance civilizador, éste se ha visto reiteradamente truncado por gobernantes empecinados en intervenir en el cotidiano quehacer de la ciudadanía. Al parecer, nunca ha llegado a establecerse una civilización avanzada cuyos gobernantes —aun cuando comprometidos inicialmente en la defensa de la propiedad— hayan logrado resistirse a la tentación de utilizar su poder coercitivo para abortar así potenciales avances hacia nuevos estadios de civilización. Y, sin embargo, la existencia de un poder de entidad suficiente como para garantizar la defensa de la propiedad privada contra su violenta invasión por terceros propicia sin duda la aparición de un cada vez más sofisticado orden de espontánea y voluntaria cooperación. Desgraciadamente, tarde o temprano, los gobernantes tienden a abusar de los poderes a ellos confiados para coartar esa libertad que deberían defender y para imponer su supuestamente más acertada interpretación de los acontecimientos, no dudando en justificar su comportamiento afirmando que simplemente tratan de impedir “que las instituciones sociales evolucionen arbitrariamente” (por utilizar la característica terminología a la que recurre el Fontana/Harper Diccionary of Modern Thought (1977) para definir el concepto “ingeniería social”).

Aunque en Europa la decadencia del Imperio Romano no lograra acabar por completo con el proceso civilizador, evoluciones de tipo similar acaecidas en Asia (y posteriormente en América Central) fueron definitivamente truncadas por el poder político (de índole similar, aunque con una capacidad coactiva superior a la de los sistemas feudales del Medievo europeo), al suprimir de manera aún más radical toda iniciativa. Un ejemplo destacado nos lo ofrece la China imperial, en la que surgieron una serie de avances civilizadores —así como una también más sofisticada tecnología industrial comparada con la europea— durante las “épocas turbulentas” en las que el poder gubernamental se vio temporalmente debilitado. Pero estas rebeliones o anomalías fueron regularmente sofocadas por los gobiernos de turno, dispuestos en todo momento a preservar lo establecido (J. Needhamm, 1954).

El caso del antiguo Egipto —del que se dispone de fundada información en cuanto al papel que desempeñó la propiedad privada en los estado iniciales de esa gran civilización— constituye otro buen ejemplo. Al estudiar las instituciones y el orden civil de aquella sociedad, Jacques Pirenne destaca el carácter esencialmente individualista que la caracterizara a lo largo de la tercera dinastía, período en el cual la propiedad, nos dice, era “individual e inviolable…el uso de los bienes dependía de los criterios que al respecto tuvieran sus legítimos propietarios” (Pirenne, 1934: II, 338-9).

La decadencia se inicia a lo largo de la V dinastía, imponiéndose más tarde el socialismo de Estado que caracterizó a la XVIII y que nos describe otro autor francés contemporáneo de Pirenne (Dairaines, 1934). Este modelo persistió a lo largo de los dos milenios siguientes, lo que explica el estancamiento experimentado por dicha civilización durante este último período.

En esta línea de reflexión, y en relación con el renacimiento de la civilización europea durante el Medievo tardío, cabe resaltar que tanto esta como la subsiguiente expansión del capitalismo deben su raison d´etre y sus más profundas raíces a los vacíos de poder surgidos en Europa en aquella época (Baechler, 1975:77). La expansión industrial moderna no surgió en los entornos geográficos en los que prevalecía indiscutido algún poder soberano, sino en las ciudades del Renacimiento italiano, de la Alemania meridional, de los Países Bajos y, finalmente, en la escasamente gobernada Inglaterra. Nuestra civilización industrial surgió en entornos en los que florecía la burguesía y no en los que prevalecía la fuerza de la espada. Lo que, en definitiva, logró poner los cimientos de la posterior estructuración de esa extensa red mercantil que, finalmente, dio paso al orden extenso, fue la protección de la propiedad privada por los gobiernos y no la determinación de su contenido por parte de éstos.

Nada hay, por lo tanto, más ajeno a la verdad que esa convencional idea defendida por algunos historiadores según la cual el Estado representa el apogeo de la evolución cultural. Muy al contrario, en muchas ocasiones ha significado su punto final. A este respecto, conviene destacar que sin duda los historiadores de las primeras etapas de la humanidad debieron quedar impresionados por los numerosos monumentos y restos legados por quienes en su día ostentaron el poder político, sin que advirtieran que los verdaderos impulsores del orden extenso fueron quienes de hecho propiciaron la capacidad económica que permitió la erección de tales monumentos. Por razones obvias, el ciudadano común sólo pudo legar a la posteridad testimonios mucho más modestos y menos tangibles de su crucial aportación.

“Donde no hay propiedad no puede haber justicia”

Los observadores de ese emergente orden coinciden en considerar condición imprescindible para la existencia del mismo la seguridad en la posesión que propicia la limitación del uso de la fuerza a la imposición de unas normas delimitadoras del dominio de cada sujeto. Por ejemplo, el “individualismo posesivo” de John Locke, no fue sólo una teoría política, sino una descripción analítica de las condiciones a las que Inglaterra y Holanda debían su prosperidad. Basábase ello en la consideración de que la Justicia que la autoridad política debiera asegurar en orden a propiciar esa pacífica colaboración en la que descansa el bienestar de todos sólo es posible en la medida en que se respete el principio de la inviolabilidad de la propiedad. La afirmación “no puede haber justicia donde no hay propiedad” es una proposición tan indiscutible como cualquier teorema euclidiano. En efecto, radicando el concepto de propiedad en el derecho a poseer e implicando el de injusticia la invasión o violación de tal derecho, es evidente que de dichos conceptos y definiciones se deriva necesariamente la verdad de la anterior proposición, y ello con la ineluctabilidad que nos permite afirmar que los tres ángulos de un triángulo suman dos rectos (John Locke, 1690/1924 :IV, III, 18). Casi al propio tiempo introdujo Montesquieu la idea de que el comercio había sido la práctica que en mayor medida había contribuido a propiciar entre los bárbaros de la Europa septentrional tanto el acceso a la civilización como la humanización de las relaciones interpersonales.

Para David Hume, los moralistas escoceses, y otros pensadores del siglo XVIII, resultaba evidente que el punto de partida de la civilización coincidió con la introducción de la propiedad plural. Tan importantes les parecían las normas reguladoras de la propiedad que Hume no dudó en dedicar la mayor parte de su Tratado al análisis del carácter moral de estas leyes. Más tarde, en su Historia de Inglaterra (Vol. V), atribuye la grandeza de su patria al hecho de que en ella se fijaran oportunos límites al poder del gobierno para interferir en la propiedad privada, En su Tratado (III,II) afirma expresamente que si la humanidad, en lugar de estructurar un sistema de leyes de carácter general reguladoras de la adjudicación e intercambio de la propiedad, optara por una normativa “que ligase la propiedad a la virtud personal, tan grande es la incertidumbre en cuanto al mérito, tanto por su natural oscuridad como en lo que atañe a su correcta valoración, que ninguna norma o criterio real podría establecerse, por lo que sería inevitable la disgregación de la sociedad”. Posteriormente, en su Enquiry, insiste:

“Pueden los fanáticos considerar que la superioridad se basa en el mérito, o que sólo los santos heredarán la tierra; pero el juez deberá otorgar idéntico trato a estos sublimes teorizantes y al vulgar ladrón; y con idéntico rigor deberá advertir a todos que, aunque determinada norma pueda teóricamente parecer más adecuada, quizá resulte en la práctica totalmente perniciosa y destructiva” (1777/1896:IV, 187).

Claramente advirtió Hume la conexión existente entre estas doctrinas y la libertad; así como que la máxima libertad de todos exige la restricción con carácter general de las autonomías personales, libertades que deberá quedar supeditadas a lo que denominó “las tres leyes fundamentales de la naturaleza: la estabilidad en la propiedad de las cosas, su transmisión consensuada y el respeto a los compromisos establecidos” (1739/1886:II, 288,293).

 Aunque es evidente que sus puntos de vista se derivan en parte de los más destacados teóricos de la common law, como Sir Mathew Halle (1609-76), quizá fuera Hume el primero en advertir con claridad que la libertad sólo es posible en la medida en que los instintos quedan “constreñidos y limitados” a través de la contrastación del comportamiento de todos con la justicia (es decir, con unas actitudes morales que tomen en consideración el derecho de otros a la propiedad de los bienes), así como con la fidelidad u observancia de lo acordado, que se convierte en algo obligatorio a lo que la humanidad debe someterse (1741, 1742/ 1886:III, 455). No cayó Hume en el error —en el que tantas veces se ha incurrido posteriormente— de confundir dos diferentes maneras de concebir la libertad: por un lado, la que deriva de esa curiosa interpretación que postula la libertad del individuo aislado y, por otro, aquella en que muchas personas son libres colaborando unas con otras. En este último contexto —el de la colaboración— la libertad sólo puede plasmarse a través de la introducción de normas generales amparadoras de la propiedad, es garantizando en todo momento la existencia de un estado de derecho.

Cuando Adam Ferguson resumió tales enseñanzas definiendo al salvaje como alguien que no había llegado aún a conocer la propiedad (1767/73:136), y cuando Adam Smith señaló que “nadie ha visto a un animal indicar a otro, mediante ademanes o gritos, esto es mío y aquello es tuyo” (1776/1976:26), limitábanse a expresar lo que, pese a la recurrente rebelión de los grupos rapaces y hambrientos, durante un par de milenios había llegado a prevalecer entre las gentes cultas. Dijo Ferguson, con razón: “Es evidente que la propiedad y el progreso han ido siempre unidos” (ibid). Y, como ya hemos señalado, tales fueron los planteamientos que inspiraron más tarde la investigación en los campos del lenguaje y del derecho, y los que igualmente suscribiera el liberalismo del siglo XIX. Fue gracias a la influencia de Edmund Burke —y quizá aún más a través de las obras de los juristas y lingüistas alemanes tales como F. C. Von Savigny— como el desarrollo de estos temas fue de nuevo asumido más tarde por H. S. Maine. Merece la pena reproducir literalmente la conclusión a la que llegó Savigny (en su alegato contra el interno de proceder a la codificación de la ley civil): “Si tales contactos entre seres libres deben ser salvaguardados para que los hombres en su comportamiento mutuamente se apoyen y no se estorben, ello sólo será viable sobre la base de la colectiva aceptación de ciertas invisibles líneas de demarcación a cuyo amparo las autonomías individuales queden garantizadas. La ley no es otra cosa que un esquema normativo delimitador de aquellas líneas y, por ende, de las esferas personales de autonomía” (Savigny, 1840:I, 331-2).

Las diversas formas y objetos de propiedad y la posibilidad de seguir avanzando en su perfeccionamiento

Las modalidades de la propiedad hoy prevalentes nada tienen de perfectas; en realidad, ni siquiera podemos vislumbrar cuál sería el contenido de la perfecta propiedad. La evolución cultural y moral nos impulsa a seguir avanzando en el paulatino perfeccionamiento de la propiedad plural, al objeto de alcanzar todas sus posibles ventajas. Debemos, por ejemplo, estar siempre dispuestos a adoptar cualquier medida orientada a garantizar la competencia en orden a impedir el abuso del derecho dominical. Tal logro, sin embargo, requiere que se avance aún más en las restricción de las tendencias instintivas que caracterizan al micro-orden, es decir, estos deseos de retornar al orden de reducido ámbito al que tantas veces no hemos referido (véase el primer capítulo de la presente obra, así como Schoeck, 1966/69). Porque estas instintivas predisposiciones se ven frecuentemente amenazadas, en efecto, no sólo por la propiedad plural, sino también —y quizá aún en mayor medida— por la competencia, lo cual induce a muchos a añorar la “solidaridad” no competitiva.

Aunque las formas adoptadas por la propiedad sean fundamentalmente fruto de las costumbres, y aunque los esquemas legales hayan ido forjándose a lo largo de milenios, ninguna razón hay para suponer que las específicas formas de propiedad que hoy prevalecen deban considerarse definitivas. Suele admitirse que las modalidades tradicionales de la propiedad ofrecen un abigarrado y complejo conjunto de aspectos que ciertamente cabe reestructurar y cuya óptima combinación en los diversos campos está todavía por lograr. Se han desarrollado recientemente especiales esfuerzos en este sentido a nivel teórico. Iniciada la marcha por los estimulantes aunque incompletos trabajos de Arnold Plant, tal esfuerzo ha sido proseguido por su discípulo directo Ronald Coase (1937 y 1960), quien ha publicado una serie de breves y decisivos trabajos que han dado origen a su vez, a una nueva escuela dedicada al estudio de “los derechos de propiedad” (Alchian, Becker, Cheung, Demsetz, Pejovich). Los resultados de tal esfuerzo —cuyo análisis no podemos abordar aquí con mayor detalle— abren nuevos horizontes en relación con el posible futuro perfeccionamiento de los esquemas reguladores de la propiedad.

A modo de ilustración sobre lo poco que aún se sabe acerca de la forma más conveniente de propiedad —pese a tener plena seguridad de que la propiedad plural es, en términos generales, siempre imprescindible para el buen funcionamiento del orden extenso—, permítaseme hacer algunos comentarios en relación con una de sus modalidades.

El lento proceso de selección que, a través de sucesivos ensayos de prueba y error, fue en el pasado estableciendo las actuales normas delimitadoras de los derechos de propiedad ha producido situaciones verdaderamente peculiares. En efecto, los intelectuales que con tanta insistencia atacan el derecho exclusivo a controlar los recursos económicos por parte de sus propietarios (que tan imprescindible resulta a la más adecuada gestión del esfuerzo productivo) se convierten en auténticos entusiastas de cierto tipo de propiedad inmaterial sólo recientemente aparecida: la que ampara los derechos de autor y las patentes. La diferencia entre este y otros tipos de propiedad es la siguiente: mientras que en el caso de los bienes económicos el citado derecho permite orientar los escasos medios disponibles hacia su más oportuna utilización, en el caso de esos otros bienes inmateriales, de carácter también limitado, como son las obras literarias o los distintos descubrimientos, incide la circunstancia de que, una vez realizados, pueden ser fácilmente reproducidos de forma ilimitada, por lo que sólo a través de alguna disposición legal —arbitrada quizá con la idea de propiciar la aparición de tales valores inmateriales— pueden convertirse en escasos, incentivándose así su producción. Ahora bien, no es en modo alguno evidente que el fomento de dicha escasez artificial sea la manera más efectiva de estimular el correspondiente proceso creativo. Personalmente, dudo mucho que, de no haber existido los derechos de autor, hubiera dejado de escribirse ninguna de las grandes obras literarias, razón por la cual considero que tal tipo de concesiones legales deben quedar limitadas a aquellos casos en los que sufriesen menoscabo en su publicación obras tan valiosas como las enciclopedias, diccionarios o libros de texto, en la medida en que, una vez editados , cualquiera pudiera indiscriminadamente proceder a su reproducción.

De manera similar, los estudios realizados al efecto no han logrado demostrar que los derechos de patente favorezcan la aparición de nuevos descubrimientos. Implican más bien una antieconómica concentración del esfuerzo investigador en problemas cuya solución es más bien obvia, al tiempo que favorecen el que el primero en resolver los problemas en cuestión, aunque sea por escaso margen, goce durante un largo período de tiempo del monopolio del uso de la correspondiente receta industrial (Machlup, 1962).

Las organizaciones como elementos de los órdenes espontáneos

Dicho lo anterior sobre los peligros que comportan la extrapolación del uso de la razón y la injerencia “racional” en los órdenes espontáneos, no quisiera abandonar la discusión de este tema sin dedicarle unas matizaciones cautelares. El mensaje fundamental que he intentado transmitir a lo largo de mi argumentación queda reflejado en mi insistencia en el carácter meramente espontáneo de las normas que facilitan la formación de estructuras que disponen de la capacidad de auto-organizarse. No deseo, sin embargo, que el énfasis puesto en la espontaneidad que debe caracterizar a estos órdenes induzca a pensar que las organizaciones de tipo deliberado no tienen ningún papel fundamental que desempeñar en esta clase de órdenes.

El macro-orden espontáneo comprende, no sólo las decisiones económicas tomadas a nivel individual, sino también las que adopta cualquier organización que haya sido deliberada y voluntariamente establecido. De hecho, un esquema amplio de convivencia favorece el establecimiento de asociaciones voluntarias a las que, desde luego, debe negárseles todo tipo de poder coactivo. Ahora bien, a medida que el proceso avanza, se incrementa el tamaño de dichas asociaciones y se acentúa la tendencia a que ciertos elementos abandonen sus iniciativas económicas a nivel personal para constituirse en empresas, asociaciones o cuerpos administrativos. Por tal razón, entre las normas que caracterizan la formación de los órdenes espontáneos extensos, algunas pueden propiciar la formación de organizaciones voluntarias de rango intermedio. Debe destacarse, sin embargo, que muchas de estas organizaciones, orientadas a la consecución de específicos objetivos, sólo son admisibles en la medida en que queden englobadas en ese más extenso orden espontáneo, resultado inapropiadas en un orden general deliberadamente organizado

Conviene aludir a un último aspecto que también puede dar lugar a confusión. Ya hemos hecho referencia a la posibilidad, cada vez más corriente, de que la propiedad quede distribuida vertical o jerárquicamente. Pues bien, aunque en anteriores pasajes de la presente obra hayamos mencionado ocasionalmente el derecho de propiedad cual si éste se presentara siempre según modalidades uniformes e inalterables, interpretar las cosas de esta manera implicaría una injustificable simplificación que convendrá matizar con los comentarios que anteriormente hemos realizado. Nos hallamos, a este respecto, ante un campo de investigación de cuya exploración cabe, en el futuro, esperar espectaculares avances en lo que atañe al papel que en el macro-orden espontáneo debe reservarse a los órganos gubernamentales. Un tema que aquí no podemos desarrollar.   

   

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Another Member of Mises Cuba is Now Missing/ Tho Bishop

Mises Cuba has announced that Nelson Rodríguez Chartrand is missing. The organization believes he was taken by state security forces. [3]

In February [4], Ubaldo Herrera Hernandez, another member of Mises Cuba, was arrested by an undercover state agent along with fellow human rights activist Manuel Velazquez Visea. Since then, the two have been charged with additional crimes and placed in the notorious Melena II maximum security prison. Other libertarian activists on the island have been threatened and temporarily detained by Cuban officials [5].

Chartrand, an attorney and fierce critic of the Castro regime [6], was last seen on Monday at 11 p.m. heading toward the Benjamin Franklin libertarian library. He never made it to the building, the same location where Hernandez and Visea were arrested in February. Calls placed to hospitals [3] in the area have found no record of Chartrand being admitted. He has also not turned up on any official arrest records.

If Chartrand was taken by state security, it may be in response to recent actions taken by Mises Cuba and other libertarian organizations on the island. Also on Monday night, a new libertarian library was launched in the province of Camaguey. This followed the recent launch of the Cuban Libertarian Party founded earlier this month [7]. Mr. Chartrand’s own article about the launch [8] ominously noted that state security told a member of the organization “the project will last until the regime allows it.”

As he went on to write:

We will not be overcome by fear. As the Greek saying goes:

“Society grows great when old men plant trees whose shade they know they shall never sit in.” We do not fear reprisals about our bodies, because our ideas will transcend and I will get freedom. We do not fear any attacks against our bodies, because our ideas will transcend and achieve freedom.

Our hopes and prayers are with the family and friends of Mr. Chartrand, Hernandez, and Visea, as well as with all those willing to risk their safety promoting liberty in communist Cuba.

Tu ne cede malis, sed contra audentior ito.

Update [9] from Mises Cuba:

Update [9]from Mises Cuba:

Nelson Rodriguez Chartrand, who disappeared Monday night, appeared this morning. He was beaten and spooked, but alive and in one piece. Details in a few days. Sincere thanks to the supporters of our international wing who mobilized on his behalf.

Source URL: https://mises.org/blog/another-member-mises-cuba-now-missing

Links

[1] https://mises.org/profile/tho-bishop-0

[2] https://mises.org/topics/police-state

[3] https://www.facebook.com/misescuba/posts/1468532936555417

[4] https://mises.org/blog/castro-regime-arrests-member-mises-cuba

[5] http://independentpoliticalreport.com/2017/04/zachary-foster-4th-libertarian-activist-arrested-by-cuban-regime-and-what-you-can-do-about-it/

[6] https://panampost.com/author/nelson-rodriguez-chartrand/

[7] http://www.lpnevada.org/the_cuban_libertarian_party_launches_in_havana

[8] https://panampost.com/editor/2017/05/08/cuban-launches-libertarian-party/

[9] https://www.facebook.com/PartidoLibertarioCubano/posts/1885714685018479

Artículo original aquí: https://mises.org/blog/another-member-mises-cuba-now-missing

Nelson Rodriguez Chartrand, who disappeared Monday night, appeared this morning. He was beaten and spooked, but alive and in one piece. Details in a few days. Sincere thanks to the supporters of our international wing who mobilized on his behalf.

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¿Qué es el libertarianismo?  por Martin Masse

¿En qué creen los libertarios? En pocas palabras, creen que la libertad individual es el valor fundamental que debe subyacer a todas las relaciones sociales, intercambios económicos y al sistema político. Creen que la cooperación voluntaria entre individuos en un mercado libre siempre es preferible a la coerción ejercida por el Estado. Creen que el rol del Estado no es perseguir fines en nombre de la comunidad – tales como distribuir la riqueza, “promover” la cultura, “apoyar” al sector agrícola, o “ayudar” a pequeñas empresas – sino el limitarse a si mismo a la protección de los derechos individuales y dejar que los ciudadanos persigan sus propios fines de un modo pacífico.
Los libertarios esencialmente predican la libertad en todos los campos, incluyendo el derecho a lo que uno quiera con su propio cuerpo mientras esto no infrinja la propiedad e igual libertad de otros. En este sentido, creen que la gente que quiere tomar drogas, ver pornografía, prostituirse o pagar por una prostituta, o comprometerse en cualquier clase de actividad sexual consensual, debería poder hacerlo sin ser importunada por la ley y asediada por la policía.

Sin embardo, como libertarios – esto es, tomando en cuenta sus preferencias personales – no abogan por un modo de vida libertino más que cualquier otro, y uno no debería confundir las dos palabras. Lo que ellos dicen es que a cada persona se le debe permitir elegir las creencias y el modo de vida que le es apropiada, ya sea ascetismo o libertinaje, moralismo religioso o relativismo moral. Los libertarios igualmente defenderán el derecho del libertino a vivir en el libertinaje tanto como el de los padres fundamentalistas religiosos a educar a sus hijos de acuerdo con sus muy estrictas creencias.

Los libertarios apoyan la igualdad formal de cada uno y de todos ante la ley, pero se preocupan poco sobre las desigualdades entre ricos y pobres, que son inevitables y que sólo pueden ser reducidas afectando la libertad personal y reduciendo la prosperidad general. Para ellos, el mejor modo de combatir la pobreza es garantizar un sistema de libre empresa y libre intercambio y permitir que las iniciativas de caridad privada vayan en rescate de los necesitados, las que son más efectivas y mejor justificadas moralmente que los programas estatales de transferencia de riqueza.

Los libertarios creen que el único modo de asegurar el mantenimiento de la libertad personal es garantizar la inviolabilidad de la propiedad privada y limitar lo más que se pueda el tamaño de gobierno y el espectro de sus intervenciones. No confían en el Estado – cuyos administradores proclaman actuar en el nombre de abstractos intereses colectivos – cuando se trata de proteger la libertad individual. Mientras de acuerdo a las ideologías colectivistas un orden social económico viable sólo puede ser impuesto y mantenido por el Estado, los académicos libertarios han mostrado por el contrario que es la acción descentralizada de individuos que persiguen sus propios fines en un mercado libre lo que hace posible crear y mantener este orden espontáneo, traer prosperidad y sostener la compleja civilización en la que vivimos.

Así, los libertarios rechazan el principal desarrollo político del siglo veinte, esto es, el sostenido crecimiento del tamaño del Estado y del rango de sus intervenciones en las vidas privadas de los ciudadanos (para tomar un ejemplo sorprendente, en 1926 los gastos públicos estatales equivalían a solo 15% del producto nacional bruto de Canadá, hoy es alrededor del 45%).

Libertarios vs. Conservadores

Dentro del marco político norteamericano del periodo posterior a la segunda guerra mundial los libertarios se aliaron con los conservadores en su lucha contra el comunismo y el socialismo. Por esto mucha gente tiende a confundir ambas filosofías y a ponerlas en el lado derecho del espectro político, siguiendo el confuso modelo de derecha vs. izquierda, que es ampliamente utilizado para categorizar ideologías políticas. Pero los libertarios se oponen a los conservadores en varios puntos, en particular en temas sociales (los conservadores frecuentemente tratan de imponer sus valores tradicionales sobre todos usando el poder coercitivo del Estado, por ejemplo cuando apoyan que las drogas y la prostitución sean ilegales o cuando abogan por la discriminación oficial contra homosexuales) y en temas relativos a la defensa y relaciones internacionales (los conservadores se inclinan apoyar el militarismo y las intervenciones imperialistas en el extranjero, mientras los libertarios abogan, cuando es posible, por el aislacionismo y la no intervención en conflictos externos).

De hecho los conservadores valoran la autoridad en sí misma no se oponen al poder estatal en base a principios, sólo lo hacen así cuando las metas estatales no son las mismas que las suyas. Por el contrario, los libertarios rechazan cualquier forma de intervención gubernamental. Muchos de ellos piensan que no se caracterizan como derechistas y que el espectro derecha-izquierda debería ser reemplazado por otra que colocaría a estatistas y autoritarios de izquierda y derecha en un lado y a los defensores de la libertad personal en el otro.

Así, los libertarios se oponen a las ideologías colectivistas de todo tipo, ya sean de izquierda o de derecha, que subrayan la primacía del grupo (nación, clase social, grupo sexual o étnico, comunidad religiosa o de lengua, etc.) cuyo propósito es reglamentar a los individuos en la prosecución de fines colectivos. No niegan la relevancia de estas identidades colectivas, pero proclaman que depende de cada individuo el determinar a que grupos desea pertenecer y contribuir, y no así del Estado y de las instituciones que derivan su poder del Estado que imponen sus propios objetivos de un modo burocrático y coercitivo.

Un Heredero del Liberalismo Clásico

A pesar de que permanece relativamente poco conocida y poco entendida hoy debido a la casi total sumisión de la vida intelectual occidental al pensamiento colectivista a lo largo del siglo veinte, la filosofía libertaria no es una rara filosofía marginal, propagada sólo por un pequeño grupo de utopistas desconectados de la realidad. Por el contrario, es heredero de la más importante escuela económica y política occidental de los últimos siglos, el liberalismo clásico, una filosofía elaborada por pensadores como John Locke y Adam Smith. Empezando en el siglo 17, son los liberales los que pelearon por una ampliacíon de las libertades políticas, económicas y sociales contra el poder de los monarcas y los privilegios de los aristócratas. Los principios liberales están en las raíces de la constitución americana, y uno puede decir que los Estados Unidos tanto como Gran Bretaña y Canadá fueron largamente gobernados de un modo liberal a través del siglo 19 hasta inicios del siglo 20.

Entonces, ¿por qué no usar la palabra liberal en vez de libertario? Porque éste termino, precisamente desde principios del siglo 19, tomo nuevos sentidos que no son nada compatibles con la defensa de la libertad individual. En Gran Bretaña y Canadá, supuestos partidos liberales de hecho sólo son un poco más moderados que los socialistas admitidos en sus inclinaciones a usar el poder estatal y en su falta de respeto por los derechos individuales. Peor aún, en los Estados Unidos, un liberal es un izquierdista que aboga por la distribución de la riqueza, alguien que apoya un gobierno grande que interfiere en todo las vidas de las gentes, que trata de resolver todos los problemas reales o imaginarios con impuestos y gastos, y que crea programas burocráticos para cada causa buena; en breve, el liberalismo de hoy apunta a crear un estado tiránico que no duda en entrampar la libertad individual en nombre de una utopía colectivista inalcanzable. Este tipo de liberalismo to tiene nada que ver con el liberalismo clásico.

Los libertarios de hoy están inspirados por los primeros periodos del progreso liberal pero, después de un siglo durante el cual las ideologías colectivistas y totalitarias han dominado, se dan cuenta que el liberalismo clásico no era fuerte o suficientemente fundamentado como para detener la marea alta del estatismo. Son más coherentes o, algunos podrían decir, radicales que los liberales tradicionales en su defensa de la libertad personal y la libertad de mercado y en su oposición al poder estatal.

Un Movimiento Pluralista

Como todos los movimientos filosóficos el libertarianismo es variado, contiene varias escuelas y subgrupos, y uno no encontrará una unanimidad en sus justificaciones teóricas, sus fines como en la estrategia que debería adoptarse para alcanzarlos. En Norteamérica a la mayoría de los que se llaman a sí mismos libertarios les gustaría ver que el Estado vuelva a pocas funciones esenciales, en particular defensa, relaciones exteriores, justicia, la protección de la propiedad privada, los derechos individuales, y algunas otras responsabilidades menores. Todas las funciones restantes deberían ser privatizadas. En el contexto de un Estado federal muy descentralizado, los libertarios aceptan sin embargo que las autoridades locales (Estados constituyentes, provincias, regiones o municipios) pueden intervenir en otros campos y ofrecer varios tipos de arreglos económicos y sociales, en tanto que los ciudadanos insatisfechos fácilmente pueden moverse a otras jurisdicciones.

Algunos libertarios de la escuela “anarcho-capitalista” abogan por la desaparición completa del Estado y la privatización inclusive de las funciones básicas anteriormente mencionadas. Esta meta puede parecer extrema o ridícula a primera vista, pero se basa en una argumentación teórica plausible. Por ejemplo es fácil imaginar que uno podría remplazar el Estado o los cuerpos de policía local (con la corrupción, los abusos de poder, la incompetencia y el favoritismo que usualmente los caracteriza, todo hecho frecuentemente con impunidad) con agencias de seguridad privada, que obtendrían ganancias sólo en la medida en la que realmente protejan a los ciudadanos y combatan a los verdaderos criminales. Los anarcho-capitalistas usan el mismo tipo de argumentos para apoyar la privatización del ejército y las cortes lo cual no dejaría nada que hacer para el Estado. Las empresas privadas proveerían todos los servicios que los individuos podrían necesitar en un mercado libre puro.

En un contexto donde el gasto público ahora alcanza a casi la mitad de todo lo que es producido y en el que los gobiernos continúan adoptando ley tras ley para incrementar su control sobre nuestras vidas, una meta libertaria más realista es simplemente el revertir esta tendencia y pelear por cualquier avance práctico de la libertad y cualquier reducción concreta de la tiranía estatal.

Los libertarios son los únicos predispuestos a entrar en ésta lucha sin comprometer sus creencias. El hecho es que el actual debate ideológico sigue dominado por los estatistas, a pesar de las superficiales controversias políticas que atraen la atención de los medios.

Por un lado los defensores socialistas e izquierdistas de un crecimiento ilimitado en el tamaño del gobierno son una mayoría fuerte entre los lobbies que se alimentan ante el público en y a través de las universidades y los medios. La mayor parte de lo que pasa por periodismo o investigación académica muestra una completa falta de entendimiento de las reglas básicas de la economía de mercado. En el “centro” aquellos que proclamas ser “realistas” admiten que el Estado no puede continuar incrementando el margen de impuestos y crecer indefinidamente, pero ellos simplemente predican una reducción de este crecimiento. El orden establecido de los negocios por su parte estaría satisfecho con algunos cortes menores aquí y allá y algunos de sus miembros cuestionan la estructura corporativista del Estado. Para aquellos que están en la derecha que son descritos como “neoconservadores” radicales su meta propuesta es llevarnos de vuelta a donde estábamos hace veinte o treinta años cuando la tasa de gastos estatales en relación al PIB era del 5 a 10% menor, lo cual seria un paso en la dirección correcta pero dificilmente suficiente.

Uno también tiene que admitir que las llamadas “revoluciones conservadoras” de los últimos veinte años en Gran Bretaña, Canadá y los Estados Unidos realmente no han producido mayor cambio, a pesar de que se implementaron algunas útiles reformas económicas y cortes en los impuestos. Algunos programas y leyes fueron abolidos y el Estado todavía ocupa un lugar dominante en la vida económica y social. Es justo temer que los programas burocráticos empiecen a crecer otra vez ahora que los déficits presupuestarios han sido eliminados y los gobiernos tienen ingresos excedentes para gastar.  

Los libertarios son los únicos que demandan y trabajan por un cambio radical, una drástica reducción del tamaño y rol del Estado, los únicos que valoran la libertad individual sobre todas las cosas. Más y más gente se da cuenta que los libertarios constituyen la única alternativa. El movimiento libertario apenas existió en los sesentas y realmente despego en los Estados Unidos a inicios de los setentas. El Partido Libertario de los Estados Unidos, fundado en 1971, ahora es el tercero en importancia después de los Republicanos y los Demócratas. Allí donde las filosofías colectivistas y la economía keynesiana acostumbraban a dominar la vida académica, recientemente ha habido un renacimiento del interés por el liberalismo clásico y la economía de libre mercado en las universidades. Finalmente, hoy la filosofía libertaria puede ser encontrada en todo lado en la Internet y su influencia esta creciendo en todos los continentes. Así realistamente podemos esperar que un siglo después del eclipse del liberalismo clásico, su resurgimiento libertario una ves más llegara a ser una influyente doctrina y movimiento filosófico en el siglo veintiuno.

*Este artículo fue traducido por el Dr. Luis Tapia y editado en RETO (Revista Especializada de Análisis Político) en Marzo de 2001. RETO es publicada mensualmente en La Paz-Bolivia por el Grupo de Estudio de la Realidad Boliviana Chachapuma’s (chachapumas@latinmail.com).

*Cet article a été traduit par le Dr. Luis Tapia et est paru dans le magazine RETO (Revista Especializada de Análisis Político) en mars 2001. RETO est publié mensuellement à La Paz en Bolivie par Grupo de Estudio de la Realidad Boliviana Chachapuma’s (chachapumas@latinmail.com).

> Cinque attitudini libertarie essenziali

Artículo original aquí: http://www.quebecoislibre.org/philo3.htm

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